top of page

Cuando el miedo toma el mando: perder la adultez emocional ante la muerte de un animal

Cuando un animal amado empieza a mostrar señales de que su vida podría estar entrando en la recta final de su vida física, algo muy humano suele activarse con fuerza: el miedo. Y con él, una regresión emocional que pocas veces reconocemos.


Lloramos de forma desesperada. La mente se acelera y fabrica escenarios catastróficos. Corremos con el animal —ya débil, ya cansado— de la casa al veterinario y del veterinario a la casa. Le damos medicamentos, lo sometemos a tratamientos y a veces incluso a cirugías que ya nada van a hacer por él y que, por el contrario, podrían acelerar su partida. Pedimos segundas, terceras y cuartas opiniones. Buscamos ayuda por fuera de los apoyos convencionales, pero muchas veces no estamos realmente disponibles para recibirla.


Queremos respuestas inmediatas, soluciones que nos devuelvan el control, garantías que nadie puede dar porque la muerte no es un proceso controlable, sino un tránsito vivo, cambiante y profundamente individual; porque ofrecerlas implicaría mentir, y yo no acompaño procesos desde la mentira; y porque, en estos momentos, lo único posible no es asegurar resultados, sino sostener presencia y escucha.


Nada de esto nace de la mala intención. Nace de no saber estar frente a la muerte. El problema es que, en medio de ese torbellino, los animales quedan atrapados. No solo cargan con sus propios procesos físicos, sino también con nuestra incapacidad de asentarnos, respirar hondo y recordar algo esencial: seguimos siendo quienes están a cargo. Y estar a cargo no significa hacer más, correr más o intervenir más. Significa sostener.


Muchos animales atraviesan este tramo teniendo que soportar en silencio nuestra desorganización interna. Nuestro llanto constante. Nuestra ansiedad desbordada. Nuestra urgencia por “hacer algo”, incluso cuando ese algo implica moverlos innecesariamente, someterlos a estímulos que ya no pueden procesar o insistir en procedimientos que solo agudizan sus síntomas.


Paradójicamente, lo que hacemos para “evitar que sufran” suele intensificar su malestar. Más traslados, más manipulación, más ruido emocional. Y todo por desinformación, por miedo, por no haber aprendido a quedarnos quietos cuando lo que la vida pide es presencia y sobriedad.


Asumir una postura más madura frente a la posible muerte de un animal no implica volverse frío ni distante. Implica dejar de actuar desde el pánico y empezar a actuar desde la responsabilidad emocional. Implica recordar que nuestro animal necesita de nosotros algo muy distinto al desborde: necesita un humano capaz de sostener el suelo cuando el mundo se tambalea.


Cuando el miedo aparece, muchas personas adultas pierden su centro interno y reaccionan desde el desborde. Sin notarlo, dejan de estar disponibles para el animal y comienzan a moverse desde un lugar de pataleo emocional, pidiendo auxilio, buscando contención, intentando que alguien más cargue con lo que no saben cómo sostener.


En ese movimiento, el centro del proceso se desplaza. La atención deja de estar puesta en el cuerpo, los tiempos y las necesidades reales del animal, y pasa a girar alrededor del dolor humano. Y el animal —que está atravesando algo físico, concreto y definitivo— queda atrapado en medio de esa necesidad emocional, teniendo que sostener el desborde humano justo cuando más necesita calma, presencia y contención.


Escribo esto porque hay algo que veo en las personas una y otra vez cuando los animales empiezan a morir: reaccionamos desde el miedo y la desesperación sin dimensionar el impacto que eso tiene en ellos. Nombrarlo es necesario, porque mientras no lo miremos de frente, seguiremos repitiéndolo, a veces haciendo que los animales paguen un alto precio.


...

Otras lecturas sugeridas:




 
 
 

Entradas recientes

Ver todo
El momento final: culpa, prisa y escucha

La culpa que sigue a una decisión apresurada Muchas personas que acompañan a un animal cerca del final de su vida sienten, después de la muerte, una culpa intensa. Esta culpa surge cuando la decisión

 
 
 
Navegando el duelo después de la muerte de un animal

Perder a un animal que ha sido nuestro amado compañero produce un dolor profundo y único. En muchos casos, años de compañía, de vínculos cotidianos y de inmenso afecto hacen que la ausencia deje un va

 
 
 

Comentarios


Suscríbete a nuestro boletín.

Recibe como obsequio:

 Mi Guía de Comuicación Intuitiva con Animales


 

Únete a nuestro boletín.

¡Gracias por suscribirte!

bottom of page