Qué hacer cuando no sabes qué hacer
- María Paulina Mejía

- hace 1 día
- 3 Min. de lectura
Hay un momento —cuando un animal amado se acerca al final— en el que todo se vuelve confuso.
Respira distinto. Come menos. Duerme más. Su mirada cambia.
Y entonces aparece la pregunta que nadie quiere formular: ¿Qué hago ahora?
No siempre hay una indicación externa clara. No siempre alguien se propone orientarte de tal forma que cuentes con recursos suficientes que te permitan no sentirte desamparada (o) en un momento que, para muchos, se siente imposible.
Y entonces llega el momento de tener que tomar una decisión. Una decisión que no admite aplazamientos eternos. Una decisión que no puede delegarse por completo. Una decisión que, de una u otra forma, recaerá sobre ti.
Es aquí donde muchas personas se dicen a sí mismas: “Lo que haga, lo haré por amor”.
Pero pocas se detienen a examinar con honestidad qué significa eso en realidad. Porque el amor humano no es puro. Está mezclado con apego, con miedo, con la necesidad de no sufrir, con el impulso de evitar escenas que nos desgarran.
A veces nos aceleramos porque no soportamos ver el deterioro. A veces prolongamos porque no soportamos la idea de soltar. Y, en ambos casos, podemos convencernos de que estamos actuando “por amor”.
Por eso, antes de decidir, hay una pausa que casi nadie se concede. Una pausa incómoda.
La pausa de preguntarte: ¿Estoy intentando evitar algo que me asusta? ¿Estoy reaccionando para aliviar mi angustia? ¿O estoy verdaderamente disponible para percibir lo que mi animal necesita ahora?
Estas no son preguntas morales.
Son preguntas de conciencia.
Antes de decidir, detente
No tomes decisiones desde el afán. Si la situación lo permite, regálate algo muy poderoso: presencia.
Escuchar mejor no significa recibir mensajes extraordinarios. Significa limpiar el ruido interno y externo lo suficiente como para no confundir tu miedo con claridad.
Si la situación lo permite, detente. Siéntate junto a tu animal sin agenda, sin estar ya decidiendo mentalmente, sin imaginar lo que podría venir para él (ella) ni cómo terminará todo.
Observa.
Hay procesos en los que el cuerpo se debilita, pero la presencia sigue entera. Hay otros en los que algo profundo comienza a retirarse, aunque el cuerpo aún funcione. No se trata de interpretar cada gesto como una señal mística. Se trata de notar el conjunto, el tono, la cualidad de su estar.
Y luego, vuelve a ti.
No para justificarte. Para sincerarte.
Pregúntate con honestidad brutal: ¿Estoy reaccionando desde el miedo o con claridad? La respuesta se siente en el cuerpo. El miedo contrae. La claridad expande, incluso cuando duele.
No todo proceso es igual
Hay cuerpos que se apagan lentamente. Hay otros que parecen sostenerse más allá de lo que imaginábamos. Debilidad no siempre significa que “ya es hora”. Y resistencia no siempre significa que “todavía no”.
Cada vínculo es único. Cada animal transita su final a su manera. A veces el proceso es corto. A veces requiere tiempo, paciencia y acompañamiento profundo.
Tu tarea no es adivinar el futuro. Es estar presente ahora.
Empoderarte no es controlar
Empoderarte no significa tener certeza absoluta. Significa tomar una decisión que puedas sostener internamente, una decisión de la que podrás hacerte responsable.
Decidir en el final de vida de un animal no es una prueba de cuánto amas. Es una prueba de cuánta verdad eres capaz de sostener.
Muchas veces lo que llamamos amor está mezclado con miedo: miedo a presenciar el deterioro, miedo a que nuestro animal pase por un proceso que preferimos evitar —no porque sea lo más amoroso de hacer, sino porque no lo toleramos—, miedo a esto y a lo otro.
Y el miedo puede disfrazarse de buenas intenciones. Por eso la pregunta no es: “¿Lo hago por amor?” La pregunta es más incómoda y más directa: ¿Estoy evitando algo que me asusta? ¿O estoy realmente mirando lo que mi animal necesita, aunque me duela?
Escuchar de verdad exige valentía. Valentía para no acelerar por incomodidad. Valentía para no prolongar por apego. Valentía para no delegar la decisión en el ruido externo.
No se trata de ser perfectas (os). Se trata de ser honestas (os). Cuando la decisión nace de esa honestidad —no del pánico, no de la evasión— el corazón puede doler, pero no queda dividido.
La decisión que nace de esa honestidad puede doler, pero no deja una grieta interna.
Porque no fue tomada para escapar. Fue tomada desde la presencia.
Y eso cambia todo.
Si estás en este punto y no quieres decidir desde el miedo ni desde lo que otros consideran “lo único posible”, puedes solicitar una Orientación.
Es un espacio para ordenar lo que estás sintiendo y conocer opciones que muchas veces no se contemplan, antes de tomar una decisión definitiva.
Aquí encuentras la información:
Amorosamente,
MARÍA PAULINA



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